El guión celestial de los angeles .... Cuento


El guión se lo asignaron a un beato recién nombrado miembro de la Administración Celestial de Destinos llamado Fortunato, quien se puso presto a redactar las líneas generales de eventos que obligarían el regreso del sujeto a su isla tras cuatro meses y medio viviendo intensamente en la tierra vecina, acciones no específicas sino más bien guías por aquello de no violar el principio del libre albedrío, otorgado por Dios a los hombres desde su creación y de inviolable respeto.

De inmediato se le empezaron a ocurrir ideas al escritor de cómo provocar la susodicha vuelta del sujeto al lugar donde había nacido y del cual salió huyendo debido a la rutina, el aburrimiento y la falta de experiencias nuevas, tarea un tanto difícil ya que el sujeto se había pasado la vida brincando de sitio en sitio con el solo propósito de experimentar cosas novedosas, para no solo existir dejando que la vida le sucediera sin dejar huellas, y entre sus planes no estaba regresar a su país. Supo el escritor leyendo el expediente del sujeto que bien pasados unos meses o años en una u otra ciudad empezaba a sentir el cosquilleo de brincar a lo desconocido, sin importarle que fuera mejor o peor, solo que fuera diferente.

Fortunato, quien tenía experiencia como guionista de novelas de televisión la última vez que estuvo encarnado, cerró los ojos e imaginó qué piedras pondría en el camino del sujeto que lo obligaran a ver a través de un velo gris su hasta ahora placentera estadía en aquella ciudad para que careciera del brillo que tenía su sueño cumplido de volver a la vida urbana.



Seis años había pasado el sujeto en su barrio de unos cientos de habitantes, donde solo quedaban algunas antiguas amistades con quienes ya poco tenía en común. En su adolescencia había experimentado un cambio suave cuando se fue a vivir al pueblo con sus abuelos, y luego un cambio abrupto cuando con solo diecisiete años ingresó en la universidad. El escritor repasó sus notas y subrayó la línea que revelaba la razón para la partida abrupta del sujeto de los estudios: una profunda depresión, la misma que puso punto final a su breve paso por el ejército. Siguió leyendo y supo que el sujeto era dado a decisiones súbitas, que había dejado atrás más de un escenario por cualquier razón, acaecida sin poner su mano o provocada por él mismo, como cuando convenció a un psiquiatra militar que él no era apto para esa vida y lo licenciaron a los pocos meses de inscribirse en aquella aventura que luego le pareció el más horrible desatino.

Se fijó el escritor que algunos cambios fueron provocados por despidos laborales, como cuando presentó su renuncia a solo minutos de que su antigua jefa le exigiera más horas de trabajo sin que hubiera aumento de salario, o cuando hizo que el dueño del periódico para quien trabajaba en Nueva York se aburriera de verlo leyendo placenteramente esperando que le dieran la carta de despido para poder cobrar los beneficios del desempleo, carta que su superior se negaba a darle para que su ida tuviera consecuencias económicas. El escritor descartó considerar ideas por ese lado ya que el sujeto estaba retirado, recibiendo una pensión y no podría coaccionarlo con la pérdida de empleo.

Siguió pensando nuevas piedras, algunas que podría poner el propio sujeto y otras por las personas con las que él interactuaba. La casera podía poner la primera, obligándolo a mudarse del apartamento en el cual él se sentía tan a gusto. Empezaría por esa, y la depresión la usaría como remate, como el último empujón después del cual ya no habría regreso.

La mudanza de su agradable entorno provocaría el alejamiento de sus cotidianidades. El salón de juegos al que asistía religiosamente le quedaría lejos y tendría que utilizar autos públicos para transportarse. El parque donde caminaba y se ejercitaba también resultaría de lejano acceso. Pero sobre todo, lo alejaría de sus queridas nuevas amistades. No más restaurantes caros donde ir a comer de vez en cuando, ni siquiera el acostumbrado helado que tanto le gustaba a su mejor amiga, no más excursiones a lugares deslumbrantes, no más películas en la Cinemateca Nacional, no más veladas y conversaciones interesantes, en fin, el fin de todo lo que apreciaba de su nueva vida.

Fortunato reflexionó sobre qué otras piedras poner en el camino del sujeto, pero concluyó que con esas sería suficiente. Si aún después de sufrir esos impertinentes cambios, se resistía a dejar todo atrás y se ajustaba a su nueva realidad, pensaría en nuevos inconvenientes.

Sabía el escribano que el recuerdo de la anterior vida del sujeto podía ser un impedimento para que optara por dejar todo atrás. Lo viejo no tenía atractivo, así que habría que convertir el presente una vez se mudara a su nuevo entorno en algo invivible. Anotó algunas posibilidades, le dio los últimos toques al guion y se dirigió a la Junta Celestial de Destinos en pleno para que lo aprobaran o descartaran. A los siete encargados de poner en práctica el plan les pareció bien, aunque un poco renuentes de torcer un poco el libre albedrío del sujeto, y solo añadieron algunas otras trabas a la nueva etapa en la vida del sujeto para que no tuviera posibilidad de arrepentirse.

Dos semanas bastaron para que el plan surtiera su efecto. La casera le exigió al sujeto que pagara más por la habitación, lo que él no estuvo de acuerdo más por orgullo de no dejarse imponer condiciones que por la dificultad de dedicar una porción mayor del presupuesto a la renta. Pero su nueva vivienda le pareció de primera intención lo que siempre había ambicionado. Estaba en un lugar turístico con gran cantidad de diversiones, plazas, mercados, mucha gente y hasta el malecón golpeado por el mar Caribe a solo cuadras de distancia.

La Junta Celestial de Destinos se reunió de emergencia y decidieron cambiar la óptica con que el sujeto estaba filtrando su nueva situación. Descartaron que el Ángel de la Guarda estuviera a cargo de esa tarea. Ese solo velaba por el bienestar del sujeto, no por hacerle pasar inconvenientes. Pusieron a cargo un alto funcionario un tanto déspota antes de su muerte, pero que se había arrepentido de sus desmanes y escaló peldaños en la jerarquía celestial rápidamente, a quien le encantó la encomienda y puso manos a la obra.

De pronto al sujeto ya empezó a importarle que cortaran la electricidad de madrugada y no la restituyeran hasta pasadas varias horas; el baño compartido le pareció que no gozaba de la privacidad necesaria para los menesteres que allí se realizan; la ducha incómoda, con una reserva plástica que ocupaba casi la mitad del espacio, la cual se usaba en casos de que se fuera el agua; el fregadero lleno de trastes le quitó las ganas de practicar su reciente adquirida afición de inventar platos nuevos.

El síndico se frotó las manos. Ya había creado el ambiente para que el sujeto tomara la decisión de irse y apretó la tecla para que la computadora enviara la señal final, la acción del jaque mate.

Poco tardó en el sujeto el cambio de visión de lo mismo que antes le parecía un casi paraíso y lo invadió una profunda depresión, resultado que ya había anticipado el guionista y que puso en práctica el ex déspota. Un par de días después de comenzarle una tristeza incomprensible, el sujeto compró el pasaje por mar. Partiría a su país el miércoles siguiente. Aprovechó el tiempo de espera para despedirse de sus amistades más cercanas, echó todo lo necesario en la maleta y, casi paralizado durante la espera, dejó que las lágrimas fluyeran continuas, con solo algunos ratos de receso.

A los tres meses, el sujeto sacó el boleto que lo llevaría de vuelta a la gran ciudad. Las cosas le habían ido muy bien en ese tiempo. Terminó dos libros. También recibió una herencia con la cual se establecería con mayor comodidad en su próxima estadía en la ciudad. Dejó todo listo para alquilar su vivienda ya que no pensaba volver a su país. Y se convenció de que no había regreso en amores antiguos, por lo que ahora sería verdaderamente libre.

En el cielo, la Junta Celestial de Destinos volvió a reunirse, y tras el informe del encargado de poner el guion en práctica, lo felicitaron a él y a Fortunato por lo exitoso que había resultado el plan. Todo había salido de acuerdo al guion de Fortunato, a quien no le asignaron escribir otro sobre la nueva etapa en la vida del sujeto porque torció demasiado su libre albedrío. Esta nueva etapa sería de la propia hechura del sujeto.

En el transbordador, el sujeto reflexionó sobre todo lo acontecido y le pasó por la mente que todo aquello no pudo ser consecuencia de la casualidad. Invisible, pero a su lado, su Ángel de la Guarda sonrió.