Juanito va a Luján



Esa mañana Juanito, el ángel de Dios, ensayaba con su trompeta una nueva melodía mientras esperaba pacientemente un nuevo encargo del Señor.

Los pájaros le hacían coro despertando a los hombres a la madrugada recordándoles la llegada de un nuevo día para dar gracias a Dios.

En medio del concierto celestial se presentó el Señor.

-¡Qué sorpresa! ¿A qué debo su gloriosa visita?-preguntó el ángel -Juanito, tengo una misión para ti.-Debes ir urgente a Luján. María te necesita.

-Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad- respondió Juanito, siempre dispuesto a cumplir cualquier mandato de su Señor.

-Vete, vete ya- le ordenó Dios

Juanito no tenía idea de que se trataba todo esto. Pensaba que la Virgen María se lo comunicaría ni bien llegar al lugar. Y partió para Lujan.

Juanito se encontró en medio del vasto campo argentino. Una pampa extensa donde el horizonte era una línea y el paisaje verde los envolvía como si fuera el cielo. Allí, a orillas del río Lujan, había una caravana de varias carretas que habían partido de Buenos Aires y debían llegar al norte, a la localidad de Sumampa con su preciosa carga.

Varios paisanos vestidos de gaucho trataban inútilmente de hacer cruzar el río a una de las carretas tiradas por bueyes.

Juanito se sentó a contemplar lo que ocurría mientras decidía que era lo más conveniente.
Los hombres conversaban sobre cuál eran las distintas alternativas al problema.

Uno, de amplia barba y bigotes espesos dijo:- Yo creo que los bueyes le tienen miedo al agua.

Otro, más viejo dijo:- Ya hemos cruzado varios ríos y jamás se empacaron de esta manera. Deben tener hambre.

El más jovencito replicó:-Hambre no tienen. Han comido una ración más que abundante.

El de los bigotes espesos, retrucó:-Entonces estos bueyes tienen calor o están cansados.

El más viejo pensativo dijo:-Pongámoslos a la sombra hasta mañana y ahí sabremos si ese es el problema.

Soltaron los bueyes y los colocaron a descansar bajo un enorme ombú. El árbol más grande de la pampa argentina.

Mientras tanto, como se acercaba la noche y los paisanos también estaban cansados, armaron un fogón y cebaron mate mientras preparaban su comida.
Antes de dormir escucharon unos pasos y luego una voz que a los gritos proclamaba: ¡Ave María Purísima!

Ese era el saludo de alguien que se acercaba amigablemente. Entonces, casi a coro los paisanos respondieron: ¡Sin Pecado Concebida!

Se acercó un gaucho que se presento diciendo:- Mi nombre es Rosendo de Oramas. Vivo atrás de ese monte. Alcancé a ver la luz del fogón y como me imaginé que algo había ocurrido, les traje pan recién horneado.

A los paisanos se les iluminó el rostro de felicidad y lo invitaron a compartir el mate mientras le relataban lo que pasaba con los bueyes.

A Don Rosendo le llamó la atención. Eso jamás había ocurrido. Él tenía mucha experiencia ya que constantemente pasaban caravanas por ese lugar para llegar al norte.

Don Rosendo les aconsejó que trataran de cruzar los bueyes sin las carretas para que le tomaran confianza al río y luego los amarraran.

Se levantaron bien temprano y siguiendo los consejos del gaucho los hicieron cruzar varias veces el río de un lado al otro para que se hicieran amigos del río.

Juanito observaba y le parecía que ya estaba todo prácticamente resuelto sin necesidad de su intervención.

Pero en cuanto amarraron los bueyes a la carreta, los animales se quedaron parados como si las patas se hubieran petrificado.

-Debe estar muy pesada la carreta. Dijo el más joven.

-Ya estamos perdiendo mucho tiempo con esta historia. Bajemos la carga de una buena vez.
Los paisanos comenzaron a desocupar la carreta. Mientras descargaban probaban si los bueyes caminaban, pero no daban ni un paso. En el fondo de la misma había dos cajas no muy grandes que contenían dos imágenes de la virgen.

Cuando bajaron la caja más pequeña los bueyes comenzaron a moverse nuevamente.

-Parece que les volvió el alma al cuerpo a estas bestias-dijeron los paisanos.

Pero, ni bien colocaron la caja conteniendo la imagen más pequeña de la Virgen, otra vez los bueyes se empacaron.

-¡Esto no puede ser! Si no llegamos a Sumampa a tiempo nos van a despedir sin pagarnos un centavo por nuestro trabajo. Los paisanos estaban cansados de arrastrar los bueyes, mojados y embarrados hasta la cintura.

Juanito pensó que era el momento de actuar. Los ayudaría a mover la carreta.

Cuando se disponía dar ese paso, se le acercó la Virgen María, pero solo Juanito podía verla, y le dijo: Quédate donde estás. Este es el lugar en que quiero quedarme, ayúdame a que comprendan que deseo ser la Madre gaucha de todos los argentinos.

Luego agregó:-Mira esto- Y como si estuviera viendo una película, María le mostró la visión de un gran santuario y millones de personas peregrinando para rezar junto a ella.

-Ve a buscar a Don Rosendo- agregó María.

Juanito salió volando hacia el rancho de Rosendo y le suspiró al oído con tanta fuerza que lo hizo girar la cabeza hacia el río.

Le llamó la atención que todavía los paisanos estuvieran ahí y decidió volver a visitarlos.
Al llegar volvió a saludarlos:- ¡Ave María Purísima!

-¡Sin Pecado Concebida! - respondieron al unísono.

Le relataron lo que ocurría y Don Rosendo les dijo: -suban los bultos de a uno y prueben si los bueyes se mueven.

Los paisanos volvieron a intentarlo. Los bueyes se movían con facilidad. Salvo cuando colocaban la pequeña caja con la imagen de la Virgen.

Juanito volvió a inspirar el corazón de Don Rosendo. Y este con firmeza dijo:-Es la Virgen María. Ella quiere quedarse aquí.-y agregó-Me ofrezco a cuidarla mientras siguen su camino.

Los paisanos comprendieron que estaban ante un milagro y aceptaron la oferta sin chistar.

María y Juanito sonrieron como dos chicos que hacen una travesura. Don Rosendo llevó la imagen a su rancho y le preparó el lugar más digno que su pobreza le permitía.

El rumor de la Virgen milagrosa corrió con toda velocidad entre los habitantes de la zona y pronto comenzaron a llegar peregrinos desde lugares lejanos.

Estos fueron los comienzos de la devoción a la Virgen de Luján