Mensajeros invisibles, guardianes divinos, acompañantes espirituales nuestros ángeles



Los humanos somos una gente interesante. Bendecidos como somos con una natural curiosidad, hemos descendido hasta las profundidades de la tierra y el mar, y hemos enviado satélites a millones de millas de distancia en el espacio.

Hemos desmenuzado hasta el átomo más diminuto y también hemos escalado hasta la montaña más imponente y majestuosa. Pero frente a todo lo que hemos explorado y profundizado en el mundo físico, curiosamente todavía seguimos sin interesarnos en el mundo espiritual. En la clase de catecismo nos enseñan que los hombres y mujeres estamos rodeados de “la custodia y la intercesión” de los ángeles (Catecismo 336), pero aparte de unos pocos que siguen las filosofías de la Nueva Era, la mayoría de nosotros nos pasamos la vida casi sin pensar en estos poderosos seres espirituales.

Si bien hay mucho sobre los ángeles que probablemente nunca llegaremos a entender en esta vida, Dios nos ha dado muestras del carácter y el ministerio de estos mensajeros, pero solo lo suficiente para demostrarnos cuánto nos ama. El Señor nos ha dado a conocer lo suficiente también para animarnos, ya que los ángeles demuestran que nunca estamos solos en este mundo. ¡Estos seres, que son poderosos, compasivos y sabios, son una prueba más de que Dios realmente nos ha conferido “toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Efesios 1,3) ¡incluso la bendición de los ángeles!

¿Qué son los ángeles? Entonces, ¿qué es lo que sabemos acerca de los ángeles? Antes que nada, sabemos que fueron creados por Jesús, “por medio de él y para él” (Colosenses 1,16). Sabemos que son “criaturas puramente espirituales” que tienen “inteligencia y voluntad” (Catecismo 330); sabemos que ellos son “espíritus al servicio de Dios, enviados en ayuda de los que van a heredar la salvación” (Hebreos 1,14), es decir, nosotros. Y sabemos que los ángeles han tenido una activa participación en esta magnífica historia de la salvación desde el principio.

Los ángeles montaron guardia sobre el jardín en el relato de la creación que leemos en el Génesis, y tendrán un papel crucial que desempeñar en el juicio final, cuando Jesús venga nuevamente en toda su gloria (Génesis 3,24; Apocalipsis 20,1). Los ángeles tienen una visible figuración en las historias de Abraham, Jacob, Moisés, Josué, Gedeón y muchos otros héroes y heroínas del Antiguo Testamento. También cumplieron misiones fundamentales en las historias de la Virgen María, san José, los apóstoles Pedro y Pablo y hasta el propio Jesús en el Nuevo Testamento. Considerando todo lo que se dice sobre ellos en la Sagrada Escritura, podemos ver que tienen una misión esencial que cumplir en el gran plan de Dios para la salvación del género humano.

Pero, ¿qué hacen los ángeles? La palabra “ángel” significa mensajero. En su comentario sobre el Salmo 103, San Agustín dice: “‘Ángel es el título de su oficio, no el nombre de su naturaleza. Si buscas el nombre de su naturaleza, es ‘espíritu’” (Escrito sobre el Salmo 103, 1.15). En otras palabras, los ángeles son espíritus puros, inmortales y su oficio es actuar como mensajeros o embajadores de Dios, y naturalmente, siendo embajadores, no se limitan solo a entregar mensajes. En muchos pasajes de la Escritura los vemos actuando en nombre de Dios, incluso ejerciendo el poder divino para cumplir los planes y propósitos del Altísimo.

La Escritura dice que hay diversos “coros” o clases de ángeles. En primer lugar, están los serafines, que rodean el trono de Dios y le glorifican con himnos de júbilo y adoración (Isaías 6,3). También están los querubines, quiénes guardan la presencia de Dios (Génesis 3,24; Ezequiel 10,4-8; Salmo 99,1). Luego hay tres arcángeles, que se relacionan de modo más directo con la creación de Dios: Miguel, Gabriel y Rafael. Según las descripciones, Miguel es un guerrero poderoso que dirige los ejércitos de Dios en la guerra contra Satanás (Apocalipsis 12,7; Judas 9). Gabriel es el elevado mensajero que les anunció el plan de Dios a María y Zacarías (Lucas 1,18-19. 26-28). Rafael es conocido como el ángel sanador por la manera en que él libró a Tobit de la ceguera y a Sara del acoso de un demonio (Tobías 8,1-3 y 11,7-14).

La Escritura menciona brevemente, además, otros coros angélicos, pero no los explica: Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades (Efesios 1,21; Colosenses 1,16). A través de los siglos, los santos y los teólogos han propuesto diferentes jerarquías de ángeles, así como diversos nombres para estos coros, pero a pesar de sus diferencias de opiniones, todos ellos están de acuerdo en que los ángeles son seres muy reales, y que son muy activos, tanto en el cielo como en la tierra.

Guardianes divinos. Jesús nos enseñó: “Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo” (Mateo 18,10). La Iglesia siempre ha entendido que esto significa que todos los hijos de Dios están protegidos por ángeles custodios o de la guarda: “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (Catecismo 336).

Leyendo este pasaje, podemos pensar: “¡Qué pensamiento tan agradable y reconfortante! Dios nos ha dado a cada uno de nosotros un ángel de la guarda.” Pero San Jerónimo vio en este versículo algo más profundo que un simple sentido de comodidad y aliento. “¡Qué grande ha de ser la dignidad del alma, ya que cada una tiene desde su nacimiento a un ángel encargado custodiarlo!” (Comentario sobre Mateo 18,2).

Lo que muchos perciben al leer estas palabras del Señor es un sentido de seguridad, pero Jerónimo sintió un temor reverencial. El solo hecho de que cada uno de nosotros tenga un ángel —que es un ser espiritual poderoso e inmortal— que nos proteja y nos guíe, le hizo entender a Jerónimo lo importantes que somos para nuestro Creador. Así llegó a comprender la grandeza propia del ser humano, y lo mucho que nuestro Padre celestial nos respeta y nos ama.

Algunas personas muy acaudaladas a veces contratan guardaespaldas, porque lo consideran esencial para su tranquilidad y seguridad; creen que merecen tal protección porque son personas importantes. Por lo general, los guardaespaldas son muy costosos y solo los realmente ricos piensan en contratarlos. Pero aunque cada uno de nosotros seamos muy ricos o muy pobres, Dios nos da a cada uno nuestro propio ángel guardián y ¡sin costo alguno! Este regalo demuestra que el Padre realmente se preocupa de nuestro bienestar y protección espiritual.

Las palabras del salmista no solo confirman esta verdad; también nos presentan una imagen viva que reafirma lo valiosos que somos a los ojos de nuestro Padre, porque por orden suya los ángeles “te llevarán en sus manos para que no tropieces contra ninguna piedra” (Salmo 91,11-12). Esta imagen nos recuerda a un padre que alza a su pequeño por encima de la multitud para que pueda ver el desfile, a una madre que lleva de la mano a su hijo para que no se pierda entre la muchedumbre. Es una imagen de ternura y vigilante cuidado, una imagen de protección y deleite, una imagen de promesa e inspiración.

Los ángeles de la guarda nos alzan por encima de la corriente del mundo para que podamos ver los caminos de Dios; nos llevan de la mano para que no nos extraviemos en este mundo. Como lo dijo una vez el Papa Pío XII , los ángeles tienen la tarea de “mantenerse cuidadosamente vigilantes sobre nosotros para que no nos separemos de Jesús…. Ellos van al lado nuestro, ayudándonos a subir más aún en nuestra unión con Dios” (3 de octubre de 1958).

Conducido por un ángel. Sí, es cierto, los ángeles verdaderamente existen, y tienen una participación muy clara y decisiva en el mundo, en la Iglesia y hasta en la vida de las personas. Dios quiere refinar nuestros sentidos espirituales, a fin de que comencemos a descubrir lo mucho que ellos nos ayudan, especialmente para que estemos preparados para encontrarnos con Cristo y equipados para servirle a él y su iglesia. El Señor quiere que creamos que él ha enviado a los ángeles para protegernos, guiarnos e inspirarnos. Así pues, disponte a tener una actitud receptiva, para que tu ángel de la guarda eleve tu corazón al cielo. Deja que él dirija tus pasos y te acerque más a Jesús cada día.